La icónica Yayoi Kusama, una de las figuras más prominentes del arte contemporáneo y conocida como la última reina del pop, ha dejado este mundo a los 97 años en un hospital de Tokio. Fiel a su esencia creativa, se despidió del mundo “sin soltar jamás el pincel”, según comunicó su estudio japonés, ubicado estratégicamente frente al hospital psiquiátrico de Seiwa, donde encontró refugio desde su ingreso voluntario en los años 70. Su obra, que surge de profundas alucinaciones, presenta paisajes donde se entrelazan violetas que hablan, lunares danzantes y redes que parecen penetrar su piel, convirtiéndola en un ícono pop que se ha viralizado en la era del siglo XXI. Sus emblemáticas calabazas y colaboraciones con Louis Vuitton han inundado las redes sociales, mientras que las entradas a sus exposiciones se agotan en cuestión de minutos, llevando incluso a limitar el tiempo de visita a apenas un minuto por persona en algunas instalaciones.

La provocadora reivindicación del arte

«¡Que venga Picasso, que venga Matisse, que venga quien sea! Yo les haría frente con un solo lunar», afirmaba con audacia la artista que se convirtió en la mujer más cotizada del mundo del arte, siempre inconfundible con su distintiva peluca naranja (o roja, a conveniencia). Sin embargo, su camino hacia el éxito fue todo menos sencillo. Desde pequeña, las alucinaciones la acosaron, y vivió en la miseria en Nueva York, llegando a alimentarse de repollos de la basura. Además, tuvo que confrontar un Japón ultraconservador que inicialmente la marginó por sus transgresiones. A lo largo de su trayectoria, nunca ocultó sus trastornos mentales; al contrario, abordó sus traumas y crisis suicidas en sus más de diez escritos, que incluyen novelas, poemas y su autobiografía, donde se pueden encontrar reflexiones como «Me siento como si condujese por una carretera interminable, camino de mi muerte» o «El único método que he descubierto para aliviar mi enfermedad es continuar creando arte».

El arte como exorcismo personal

A través de sus esculturas reflejantes, sus pinturas de topos y sus interminables redes, así como sus radicales performances de juventud (hoy, sin duda, muy controvertidas), Kusama utilizaba el arte como un medio para exorcizar sus miedos y traumas. En sus escritos—la faceta menos conocida de su carrera—describía un aversión irracional hacia los penes y los macarrones, que transformó obsesivamente en esculturas de falos blandos, casi peluches, despojando cualquier connotación sexual. Sus famosas performances las solía realizar medio desnuda, siendo estas “happenings sociopolíticos” en medio de fuertes protestas contra la guerra de Vietnam, donde se presentaba como una suerte de sacerdotisa que, mientras paseaba entre sus seguidores, pintaba sus cuerpos con topos de colores.

Una vida marcada por la dualidad

La artista abordó las sombras de su vida con crudeza en su primer libro, Manhattan Suicide Addict (1973). Solo una editorial francesa, Les Presses du Réel, se atrevió a traducirlo, y contiene momentos de una dureza desgarradora. Usando la novela como una coartada, narra su evolución hacia una exitosa empresaria, que incluso llegó a mezclar arte con el tráfico de drogas, gastando enormes sumas en cocaína para repartir entre su grupo de jóvenes artistas. Su aguda mente calculadora le permitía hacer cuentas con precisión: 156 entradas vendidas a 50 dólares cada una, menos los 20 dólares destinados a los body paintings. Así se revela el reverso de la adorable abuelita pop que la gente comenzó a adorar en años recientes, construyendo una imagen de ella como una artista enclavada en su estudio, cuya presencia era escasa en inauguraciones o eventos artísticos.

Las cicatrices del pasado

Detrás de la imagen de una artista enclaustrada, detrás del imperio multimillonario que construyó junto a Louis Vuitton—que incluso le dedicó una imponente escultura en su sede de París—, se ocultan traumas infantiles profundos: una madre autoritaria que le decía «ojalá no hubieras nacido», y un Japón que la rechazaba por ser diferente, mientras que la sombra de la bomba atómica marcaba su adolescencia…

Obra de Yayoi Kusama en la tienda de Louis Vuitton en los Campos Eliseos de París, en 2023.

Obra de Yayoi Kusama en la tienda de Louis Vuitton en los Campos Eliseos de París, en 2023.AP

Las violetas que hablan

Desde su infancia, donde ni siquiera comprendía los matices del sexo, su madre la obligaba a espiar a su padre, un infiel que mantenía múltiples amantes. Cada vez que la pequeña Yayoi compartía sus descubrimientos, su madre se desquitaba con ella. Esta infancia difícil generó en Kusama una aversión al sexo. Es conocida únicamente una relación significativa en su vida, la de Joseph Cornell, con quien compartió un vínculo descrito como «apasionado y romántico, pero platónico», dada su común aversión hacia el sexo.

Las alucinaciones de una infancia atormentada

Durante su niñez, experimentó sus primeras alucinaciones, incluso perdiendo audición mientras jugaba en los verdes prados de Matsumoto, rodeados por un majestuoso paisaje montañoso. Allí, escuchaba a las violetas susurrar y veía rostros ocultos en las flores, aquellas personitas que parecían saltar y hacerse parte de su ser. Con el tiempo, esas visiones se transformarían en pesadillas. En un episodio angustiante, se lanzó desde la ventana de su apartamento en Greenwich Village cuando las redes que había pintado tomaron vida, saltando hacia ella y penetrando su piel, lo que resultó en un ingreso hospitalario.

Un nuevo mundo en Nueva York

Antes de dejar un Japón que la mantenía en silencio, la joven de 27 años provocó su propia «hoguera redentora». Con un hacha en mano, destruyó cientos de sus obras, algunos lienzos de más de metro y medio, prendiéndoles fuego sin un atisbo de remordimiento. «Las quemé todas sin ningún remordimiento», recuerda en su autobiografía, La red infinita. En 1957, cruzó el océano hacia Nueva York, con pocos dólares cosidos en su vestido y 60 kimonos. Era escasa en inglés, lo que le hacía sentir que estaba en «un infierno en la tierra». Superó el hambre, recolectando desechos de pescado y hojas de repollo para sus sopas, mientras su mente nunca dejaba de pintar esas interminables redes. En la Gran Manzana, emergió en el underground, tejiendo lazos con gigantes como Warhol, Yoko Ono y la Velvet Underground.

Del rechazo al reconocimiento en Japón

En 1966, en la Bienal de Venecia, la artista no invitada se plantó en los Giardini con 1,500 bolas de espejo que tituló Narcissus Garden, llegando incluso a vender las esferas por dos dólares. Su acción le costó la expulsión y la crítica despiadada en Japón, donde la catalogaron como «vergüenza nacional». En su autobiografía, Manhattan Suicide Addict, arremetía contra su patria: «Están enfermos de complejos», y afirmaba que Japón tenía un «nivel inferior». Tendría que esperar hasta 1993 para ser reconocida oficialmente, cuando presentó su Mirror Room (Pumpkin) en la Bienal, una habitación de espejos que multiplicaba calabazas de lunares hasta el infinito. Desde ese momento, Japón la adoró: sus esculturas ornamentan el país, ha recibido numerosos premios, y hasta se ha tomado el té con los emperadores en el palacio imperial, donde obsequió al entonces primer ministro Shinzo Abe con un juego de té de su marca.

El legado perdurable de Yayoi Kusama

En 2017, inauguró el Museo Yayoi Kusama en el barrio de Shinjuku, un espacio monográfico que ella misma impulsa a través de la Yayoi Kusama Foundation. El museo solo organiza dos exposiciones al año, y en este próximo 30 de agosto culmina la muestra KUSAMA’s POP. Con sus lunares, calabazas y libros, Yayoi Kusama se ha convertido en una obra de arte viva e infinita.

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