La adaptación en live-action de Moana (Vaiana) enfrenta desde el principio un desafío considerable: ser un remake de una obra aclamada que ha llegado a convertirse en un clásico en apenas una década, además de contar con una secuela reciente que arrasó en taquilla y la que superó múltiples récords. La dirección de Thomas Kail, celebrado por su trabajo en Hamilton, no solo debía superar el impacto de estos logros, sino también ofrecer una razón válida para su existencia en el mundo cinematográfico. Esto se torna complicado cuando el original de 2016 sigue siendo una obra maestra animada con una banda sonora inolvidable.
La falta de originalidad en la adaptación
El gran inconveniente radica en que el live-action no logra desarrollar una identidad propia; se asemeja más a una copia inexacta y sin pasión de la travesía de la princesa polinesia. Gran parte del problema de Moana (Vaiana) es su incapacidad para trascender más allá de un desfile de escenas que sólo buscan replicar las del filme animado. Además, las que se presentan carecen de un delicado sentido del homenaje, eligiendo en cambio un enfoque más trivial y sin ritmo a lo largo de su desarrollo. A pesar de que la premisa es similar a la del original, la nueva versión parece haberla simplificado.
Personajes planos y falta de dinamismo
La película convierte a Moana (interpretada por Catherine Lagaʻaia) en una heroína destinada al éxito, sin los conflictos internos que su desenvolvimiento en el relato original requería. La complejidad de su carácter se ha desvanecido: en lugar de presentarla como una líder en pleno crecimiento, la nueva versión la retrata más como una aventurera caprichosa. Su lucha carece de profundidad, lo que convierte la historia en un viaje lineal y carente de contenido. Una vez más, la falta de carisma entre los personajes lleva a comparaciones no solo inevitables, sino también dolorosas.
Una chica en busca de su destino en ‘Moana (Vaiana)

La película provoca poco asombro y se torna repetitiva, siguiendo la misma senda del live-action de Cómo entrenar a tu dragón, pero sin la chispa que caracterizaba esa obra. Esencialmente, intenta recrear cada momento memorable de la película animada, aunque con menos cuidado y atractivo visual. Desde el primer encuentro de Moana con el mar hasta los conflictos familiares que enfrenta, el remake se aferra a los giros de una narrativa ya emocionante, pero les resta cualquier sentido de novedad. Esta repetición unilateral produce una historia predecible que se aferra a una narración que aburre.
Desarrollo de personajes y el nuevo Maui
Un elemento que resalta es el desenfado inicial del semidiós Maui, que ahora es interpretado por un Dwayne Johnson que se siente más apagado. En la versión animada, la construcción del personaje es rica en matices, convirtiéndolo en un engranaje fundamental en la historia de Moana. Sin embargo, su traslado a la realidad es un eco sombrío del imponente personaje que encantó en el original. La actuación de Johnson, pese a su talento y carisma, carece de la esencia vibrante y deslumbrante del Maui animado.
Un dios sin mucho que hacer en ‘Moana’ (Vaiana)

Es triste observar que, a pesar del vasto potencial que tiene Dwayne Johnson para otorgar matices a su interpretación, tanto el guion como la falta de un desarrollo adecuado hacen que el Maui de carne y hueso no logre captar la esencia de la animación. Carece de la profundidad que hizo del personaje una referencia memorable en la original. En lugar de ser un semidiós encantador con un arco de redención, el nuevo Maui parece ser una caricatura de sí mismo, resultando en momentos heroicos que carecen de épica e impacto.
¿Y el apartado visual? ‘Moana’ (Vaiana) reprueba también

El éxito de muchos live-action radica en la habilidad de traducir la fantasía a un lenguaje visual realista, conservando su esencia. Ejemplos como La Cenicienta (2015) de Kenneth Branagh lo demuestran con elegancia y buen gusto. En contraste, Moana (Vaiana) se presenta con un apartado visual torpe y una estética que deja mucho que desear. Su imagen resulta limitada y carente de la vibrante paleta que caracterizó al original.
El director de fotografía Óscar Faura parece no encontrar la manera de iluminar los escenarios o jugar con los colores para profundizar en el paisaje. Las escenas tienden a sentirse vacías, colocándose los personajes de forma que resultan diminutos ante encuadres desproporcionados. El uso deficiente de efectos digitales contribuye a que las escenas se vean planas, en contraposición a la riqueza visual del filme original. Una pena, realmente.
El apartado musical cojea en este live-action

La banda sonora de Moana (Vaiana) en 2016 fue un fenómeno que logró conmover al público. Su versión 2026, en cambio, resulta deslucida y falta de la magia que hizo famosa a la original. Lo más lamentable es que, a pesar de incluir la canción Along the Way de Lin-Manuel Miranda, esta pierde fuerza y no logra resonar como un verdadero homenaje a la banda sonora original. El intento de crear nostalgia parece fallido y forzado.
Finalmente, Moana (Vaiana) se presenta como una adaptación torpe y apática del original, cuyos picos de calidad apenas se logran en aquellos momentos que imitan efectivamente a la cinta de 2016. Cuando intenta romper con esta fórmula, el resultado es confuso y apresurado, generando más decepción en los admiradores de la obra animada. Estos seguirán apreciando la belleza auténtica de la película de 2016, que permanece como un testimonio de arte cinematográfico.

