Homero y el Eco del Egeo

Imagine, si es que realmente existió, a Homero recitando su verso en una diminuta isla, un rochedo casi ausente en la inmensidad del Egeo. Es únicamente en un escenario tan exiguo y vulnerable que puede concebirse una textualidad de tal exquisitez: una estructura verbal construida con formas que solo se pueden captar en la inasible inmaterialidad que emana del discurso. La palabra surge de esta privación, de una mirada que no se dirige hacia lo visible, sino hacia su fondo vibratorio. Por eso, la tradición sostiene que el poeta era ciego.

La Divinidad en la Cotidianidad Griega

Al observar la versión de 1968 de la Odisea, dirigida por Franco Rossi y Mario Bava, se revela con claridad esa esencia griega profundamente idolátrica: los dioses no son meras abstractions distantes, sino presencias que irrumpen en la vida diaria con la misma naturalidad que un fenómeno atmosférico. Se manifiestan ante los ojos mortales en formas polimórficas, como si la divinidad fuera un inagotable repertorio de apariciones. ¡Qué abismo, en efecto, respecto al monoteísmo árido de las religiones del libro, tan carente de imágenes y tan receloso de lo material!

No es de extrañar que una civilización como esta conciba que lo auténtico se revela por sí mismo y que, en sus momentos más altos, se manifiesta como belleza. Así, como su aedo primordial, Homero, los griegos elogiaron y celebraron la realidad en la plenitud de sus formas, es decir, en su hermosura. Un orador estoico latino, Dion Crisóstomo, lo diagnosticó de manera acertada: “Homero ha ensalzado todo: animales y plantas, el agua y la tierra, las armas y los caballos. No pasó sobre nada sin elevarlo con elogio y alabanza”.

La Celebración de lo Material

El pueblo heleno exalta el fenómeno y su espectáculo: adora los cuerpos y las encarnaciones materiales, toda presencia sensible. Nada es indigno de aparecer. Solo una esencia fuerte y posiblemente tiránica, como la de Platón, pudo emprender una crítica contra esta vibrante espiritualidad, impulsando el idealismo de las Ideas, entidades desmaterializadas. Desconfió de las apariencias —un principio iconoclasta que comparte con las religiones monoteístas— y las consideró siempre susceptibles de engañar, ocultar o menospreciar lo que es verdaderamente aparente: los arquetipos, esas estrellas distantes suspendidas en el vasto cielo de lo inteligible.

La Respiración del Mundo: La Obra de Piavoli

Nostos. Il ritorno (Franco Piavoli, 1989) se presenta como la destilación más pura del relato odiseico: su forma esencial, depurada y fiel al movimiento original del mito. Todo el cine de Piavoli —y esta obra en particular— se sitúa en el ámbito que los griegos y algunos filósofos posteriores denominaron Physis: esa fuerza de vida que no cesa de manifestarse en interminables cadenas de movimientos y efectos —vientos, aguas, animales, vegetales, sangre, vapor— y también en irrupciones súbitas, como rayos o radiaciones inesperadas.

La Esencia de Physis

Physis es aparición, fenómeno y impulso emergente; es un reino donde nada permanece definitivamente fijado y todo actúa a modo de principio, iniciación o trastorno. Es el dominio del Gran Pan, y es aquí donde Odiseo es arrojado, obligado a transitar como un intruso, desplazado inquietamente por la constante dialéctica entre la impetuosidad y la calma divinas, estados ambos igualmente cautivadores y peligrosos.

En Piavoli, esta fuerza se percibe con mayor intensidad en la densa hora del mediodía, cuando el calor suspende la realidad y el eco pánico se mueve sobre el paisaje. Todo parece sumirse en un sueño numinoso, en el aliento del dios: una brisa leve y ardiente que abre una singular profundidad, una calma y un desobramiento esencial.

La Dualidad de lo Nínfico

Es precisamente en esta dimensión —la que evade la mirada, se retira y se oculta— donde Odiseo se aventura, habitando con las magas y ninfas que le prometen un existir más allá de su identidad y función social: una vida en el perpetuo olvido de sí mismo y del mundo, en un tiempo transhistórico.

Esta zona de existencia, ese estrato que se esconde, concentra la atención de Franco Piavoli, quien filma la Physis no como un mero decorado, sino como un principio activo, como una respiración primordial que precede y excede al héroe. La cámara de Piavoli vigila el ciclo entero de la vida naciente, como si cuidara, con una antigua paciencia, aquello que germina, brota y se renueva. Su cine está impregnado de un fresco soplo continuo de fértil suavidad, por una plenitud que a veces apenas se insinúa como un murmullo, un secreto. Esta apreciación arcaica por la campiña umbría, donde proliferan ninfas, plantas y aves, define su mirada. La naturaleza nunca se convierte, para él, en un desierto, sino que siempre es un territorio vibrante, lleno de latidos.

El Silencio y la Sonoridad de Pan

La sombra del mediodía, la frescura de las cuevas y el cantar de la naturaleza componen el aliento de su cinematografía. La cámara de Piavoli busca esos paisajes donde la tierra se separa del agua, donde lo sólido roza lo líquido. En este entorno de orillas, más fértil y húmedo, se favorece la vida y se acomoda a los requerimientos del dios, al aliento de Pan.

Encuentros y Desenlaces

Entrelazando su mirada, Piavoli pasea entre cañaverales, donde la orilla guarda secretos, donde el cuerpo de la ninfa permanece sereno en las aguas mientras se produce la irrupción del extraño. La memoria de Odiseo invoca entonces el gozo solar del pasado: las correrías infantiles entre las cañas, la felicidad de los primeros juegos, representados en un aro que rueda como una geometría perfecta del ser.

El Abismo Literario y su Reflexión

En el canto VIII de la Odisea, se presenta una de las escenas más conocidas que define la naturaleza elusiva de la literatura. Odiseo, llegado al país de los feacios pero aún sin revelarse, escucha un aedo que narra sus propias peripecias. En ese instante, cuando las lágrimas fluyen en silencio, se revela la infinitud intrínseca del relato; es un pliegue que nunca promete un final. Así, la escena se entrelaza con el discurso, enredándose repetidamente en su propia recursividad, lo que Foucault describió como la puesta en abismo.

Este principio de repetición autorreflexiva, que encontramos en obras como Hamlet, también se aprecía en Don Quijote, cuando el protagonista escucha sus propias aventuras. Tal tropo, según Foucault, representa el ser mismo de la literatura: un movimiento que se afirma al abismarse. No obstante, este gesto posee la marca de una paradoja aporética, evocando la insidiosa paradoja de Zenón, provocando que el canto infinito del aedo persiga a Ulises sin poder alcanzarlo jamás. Todo lo que se aprecia es un mundo succionado por el agujero negro de una escritura insaciable, repitiéndose indefinidamente en un vacío interminable.

Así, la odisea de Odiseo no es solo un viaje de retorno, sino una exploración de las profundidades del ser.

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