Soy abonado de Las Ventas y he ido a cinco tardes de veintisiete en la extinta isidrada. La confesión debería avergonzarme, pero empieza a parecerme una prueba de lucidez. Dudo, incluso, acudir este domingo a la Beneficencia, cuya reputación figuraba en el calendario como una obligación placentera y ahora se me aparece como una amenaza de calorina y sospecha. Sigo creyendo que Madrid es la plaza más importante de España. (Sevilla es la más importante del mundo). Precisamente por eso me inquieta que también se haya vuelto una de las más aburridas, si no la más aburrida de todas a cuenta de sus inercias fatalistas.
Las Ventas atraviesa una edad de oro sociológica. Los llenazos se suceden, la juventud ocupa tendidos que hace poco parecían reservados a una especie protegida y la tauromaquia ha recuperado una presencia pública que muchos daban por extinguida. Basta acercarse a la plaza para advertir una energía formidable. Y, sin embargo, Las Ventas se resiente del sopor y del aburrimiento.
Las palabras no resultan frívolas. Una corrida no puede limitarse a custodiar una tradición ni a examinar la pureza del espectáculo con la severidad del integrismo. También debería proporcionar placer, más allá del alcohol que se consume en los tendidos. Madrid ha convertido la sospecha en una categoría estética. El aficionado entra con la disposición mental de un inspector de Hacienda, menos atento a una revelación que a una irregularidad. Siempre encuentra alguna. El toro sale condicionado por el prejuicio, el presidente gobierna bajo recurso permanente y el torero pisa el ruedo con la presunción de culpabilidad, no digamos si es una primera figura.
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La desconfianza justificó buena parte del prestigio cuando el fortín de ladrillo impidió durante décadas que la Fiesta degenerara en un teatro de complacencias. El triunfo allí valía porque costaba. La ovación adquiría densidad porque no procedía de una digestión sentimental ni de un entusiasmo de alquiler. El problema surge cuando la vigilancia deja de proteger el espectáculo y empieza a sustituirlo. Hay tardes en que el tendido siete parece más interesado en descubrir una trampa que en reconocer una verdad, como si emocionarse comprometiera más que protestar.
La obsesión por la seriedad ha alcanzado su expresión absurda y extrema con las dimensiones absurdas de toro. El récord de la tablilla ha alcanzado esta edición los 715 kilos. Se celebra el volumen como si la báscula fuera un instrumento artístico, cuando el toreo sucede en el ritmo, en la movilidad y en la posibilidad de que la embestida permita construir una forma, tal como han demostrado las novilladas. Y no es cuestión rebajar la categoría de Madrid ni transformar Las Ventas en un balneario para figuras. La cuestión consiste en saber si el gigantismo ha terminado produciendo una satisfacción moral superior a la satisfacción estética. El mastodonte impresiona al salir y decepciona demasiadas veces cuando empieza la lidia.
Lástima que la indolencia y la pasividad de los restantes tendidos se haya resignado a la dictadura de los aficionados vocingleros. No son demasiados ni identifican al «siete» en su integridad, pero han adquirido una influencia desproporcionada con su griterío extemporáneo y sus palmas de tango. Peor transcurre la feria, mejor le van las cosas a los hooligans del tendido siete y de grupúsculos aledaños. El dogmatismo de los saboteadores es tan elocuente como la arbitrariedad de su criterio. Lo demuestra la condescendencia con sus toreros fetiche y ganaderías favoritas.
Juzga y prejuzga el tendido siete. Intoxica la plaza. Y condiciona la feria de San Isidro como si los aficionados radicales se observaran a sí mismos llamados a proteger la integridad de la Fiesta después de habérnoslo pasado tan bien estos mismos días en las plazas de Sevilla, en Aranjuez, en Granada.
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El siete opone el sufrimiento y el cilicio. La expiación del placer. No es fácil acudir a la plaza con un espectador laico. Con un amigo poco iniciado. Y explicarle los motivos por los que un sector de la plaza se propone cada tarde malograr la corrida y encabronar la feria. No, no es sencillo ni traducir las pancartas ni razonar todos los clichés que el siete amontona para sabotear las faenas. Que si el pico. Que si “crúzate”. Que si “fuera del palco”. Que si «miau». Que si «picador, qué malo eres».
No escribo contra Las Ventas, sino desde la incomodidad de quien sigue reconociendo su grandeza. Precisamente porque importa tanto, su tedio resulta más grave. Madrid conserva la autoridad, la liturgia y esa capacidad única de convertir una tarde buena en un acontecimiento. Le falta recuperar cierta alegría, una disposición mínima al asombro, la posibilidad de que el espectador no se sienta intelectualmente degradado por disfrutar.
Sigo pagando el abono y sigo buscando excusas para no usarlo. Ahí reside la contradicción. La plaza más importante del mundo se ha vuelto demasiado importante para divertirse, como si la fiesta hubiera preferido convertirse en institución y la afición hubiese confundido el rigor con una forma de acritud. Una mala corrida se olvida al día siguiente. Una plaza que empieza a aburrir incluso a sus abonados tiene un problema más serio.


