El legado oscuro de Cambridge Analytica
En el contexto actual, no nos sorprende que la crisis humanitaria en Ceuta sea el resultado de una compleja estrategia de guerra híbrida: flujos migratorios masivos, campañas de desinformación en redes sociales y la manipulación de la desesperación humana como herramienta de presión geopolítica. Las herramientas pueden haber evolucionado (Facebook fue un canal de odio por primera vez durante el genocidio rohingya en 2017; y en 2026, plataformas como Facebook, WhatsApp y TikTok viralizaron la desinformación en torno a la crisis migratoria), pero el núcleo de estas plataformas sigue centrado en el mismo punto vulnerable.
Las raíces de la manipulación electoral
Diez años han pasado desde que la campaña que permitió a Donald Trump ascender a la Casa Blanca forjara un camino oscuro a través de una firma que pronto se convertiría en infame. Fundada en 2013, esta empresa fue el epítome de la manipulación electoral masiva, desestabilizando democracias en todo el mundo. Esa empresa, conocida como Cambridge Analytica, se erigió como el modelo de una técnica de influencia que resonaría por años.
El descubrimiento de su existencia
En 2016, Cambridge Analytica era un nombre casi desconocido, restringido a un puñado de consultores políticos en EE.UU. Si bien ya colaboraba con Ted Cruz y luego con Donald Trump, el gran público no la identificó hasta marzo de 2018. En ese mes, The Observer, The Guardian y The New York Times revelaron la verdad a través de las investigaciones del exarquitecto técnico Christopher Wylie y un reportaje encubierto que sacudió los cimientos de la política contemporánea.
La verdad y la manipulación de la realidad
Durante una investigación encubierta de Channel 4 News, Alexander Nix ofreció declaraciones que, a la postre, definirían nuestra era: «Suena terrible decirlo, pero estas cosas no necesitan ser ciertas mientras se crean». Esta frase la pronunció a un periodista infiltrado que se hacía pasar por un cliente en busca de amañar elecciones en Sri Lanka. Entre copas, Nix esbozó estrategias de guerra sucia que incluían chantajes y sobornos, desestimando la veracidad de los hechos en las campañas políticas actuales.
La revolución de los datos
A diferencia de las trampas comunes, el verdadero avance de Cambridge Analytica radicaba en su algoritmo innovador. Su aportación no fue revivir métodos tradicionales de chantaje, sino en transformar la ciencia del comportamiento y la minería de datos en una potente maquinaria de persuasión, invisible y eficaz, en las redes sociales.
El impacto y el ocaso de Cambridge Analytica
Cambridge Analytica representó el «paciente cero» de la era del Big Data político y militar, demostrando que las operaciones de manipulación psicológica podrían ser comercializadas como servicios corporativos. Si bien la firma, bajo el liderazgo de Nix, terminó sucumbiendo por su propia arrogancia, aquellas que heredaron su legado perfeccionaron la ingeniería social sin la carga del escándalo. Aprendieron a transformar datos en mercancías a través de contratos con gobiernos y multinacionales.
El escándalo desatado
La difusión del reportaje de Channel 4 News en marzo de 2018, junto a las explosivas revelaciones de Wylie en The Guardian y The New York Times, resultó en la suspensión inmediata de Nix y la inevitable caída de la empresa. Wylie, el joven analista canadiense que había ayudado a construir el propio sistema, presentó un arsenal de documentos que evidenciaban cómo se recolectaban datos de millones de usuarios: “Explotábamos Facebook para reunir perfiles y construir modelos que maximizaban la vulnerabilidad de los votantes”, confesó.
La internacionalización de la manipulación
A pesar de que la empresa no sobrevivió, su impacto trascendió su existencia. Cambridge Analytica fue pionera en la utilización de datos de 87 millones de perfiles de Facebook para generar anuncios personalizados, influenciando elecciones históricas, incluyendo el referéndum del Brexit y las elecciones estadounidenses de 2016.
Un legado perturbador
La firma y su matriz (SCL Group) habían extendido su influencia a más de 200 campañas electorales en más de 30 países, convirtiendo la manipulación del comportamiento del votante en un negocio globalizado. Ocurrió lo que muchos consideraron el hackeo de la democracia.
La transformación del panorama digital
El escándalo de Cambridge Analytica desnudó las conexiones subyacentes entre Silicon Valley y un capitalismo de supervisión. A partir de 2016, la esencia de los datos personales pasó a ser un elemento vital en la manipulación de la realidad. La pregunta que nos queda hoy en día no es solo quién posee nuestros datos, sino quién está realmente moldeando la narrativa que consumimos.
Un epílogo inquietante
Diez años después de la caída de Cambridge Analytica, su dominio web se convirtió en un espacio en desuso. Sin embargo, en 2025, este dominio fue adquirido y transformado en una granja de contenido alimentada por IA, simbolizando cómo el legado del escándalo continúa vivo. Ahora, las viejas tácticas de manipulación han sido superadas por la generación automatizada de información.
Mirando hacia el futuro, queda claro que el desafío no es solo denunciar el extractivismo de datos, sino también auditar los algoritmos que amenazan con erosionar la credibilidad en lo que leemos y creemos. En este escenario complejo, queda el legado de una firma que, aunque ya no exista, dejó una huella indeleble en el tejido de nuestras democracias y sociedades.
La conexión entre Palantir y Cambridge Analytica
La relación entre estas dos entidades no puede ser ignorada. Aunque Cambridge Analytica aparentó ser independiente, sus raíces están entrelazadas con Palantir Technologies, cofundada por Alex Karp y Peter Thiel, un donante de Trump y figura influyente en Silicon Valley.
Las revelaciones sobre la relación entre ambas instituciones evidencian que el origen de la recolección masiva de datos fue una propuesta de Palantir para desarrollar una aplicación de personalidad conectada a Facebook. Este episodio muestra que las fronteras entre la tecnología, la manipulación política y la vigilancia son más difusas de lo que se cree.
Miquel Pellicer es periodista, antropólogo y editor del boletín Periodismo Digital
